Lunes 16 de marzo de 2026
LETARGO
Uno de los motores de nuestra economía es el sector construcción, por todo lo que implica esta actividad en cuando a la generación de empleos. Solo el turismo puede superarla, pero aquí todavía estamos un paso atrás con respecto a la primera. Después de un 2025 ralentizad o estancada, los economistas esperan que se recupere más allá de la recuperación moderada que muestra ahora. A pesar de que la actividad depende fuertemente de las obras públicas y, recientemente, de las nuevas modalidades como la Asociación Público Privada (APP), se espera un crecimiento de entre el 5 y el 6 por ciento para este año; aunque persisten las preocupaciones por su lento crecimiento, en comparción con los niveles históricos, por los pagos atrasados del Estado a los contratistas y el impacto de las tasas de interés en los créditos hipotecarios. Habrá que mover algunas fichas, para dinamizar la actividad de la construcción, incluida la agilización de los procesos de aprobación de permisos y una gestión más ágil del ordenamiento territorial, para tener mayor claridad en cuanto a las categorías de las zonas y los sitios en los que se puede construir y qué construir con la debida planificación de los servicios públicos correspondientes.
ORDENAMIENTO RURAL
Conmueve ver las imágenes de las viviendas en zonas rurales, alejadas de servicios básicos como escuelas, centros de salud, agua potable, electricidad, internet, carreteras y otros. Ese aislamiento en el que vive esa parte de nuestra población debe ser transformado de alguna manera. Es necesario pasar del campo rural recóndito al campo rural planificado. Hay que tomar ciertos poblados y establecer en ellos los centros de servicios, hacer el ordenamiento territorial correspondiente, para que las personas puedan construir allí sus viviendas, y a partir de esos centros crear un sistema radial de carreteras, caminos asfaltados y transporte en teleférico donde el caso lo amerite, para que los pobladores puedan trasladarse a sus fincas y trabajar en ellas durante el día. De esta manera podría concentrarse la población y ofrecerle mejores servicios públicos y, al mismo tiempo, fomentar la inversión local en otras áreas y servicios propios de la iniciativa privada que pueden desarrollar y darle vida al concepto de conglomerado rural urbanizado. No podemos continuar con el intento de dar respuesta a cada lugar aislado del país metiendo centros de salud sin médicos, escuelas sin maestros y construyendo supuestas carreteras que acaban en rutas de lodazal a las que, con suerte, se le pasa una cuchilla en tiempos de campaña electoral. Para construir el país que queremos, debemos cambiar la forma de hacer que tenemos. Pero, para ello, también tenemos que transformar la manera de concebir la política, el ejercicio del poder y la gestión de gobierno, porque no habrá Panamá nuevo sin políticos nuevos. Y ojalá aprovechen lo que queda de la Cuaresma para convertirse.
OLA DE CALOR
Ya que hablamos de ciudades y población, aprovechamos que estos días con ola de calor no mueven a reflexionar sobre el entorno urbano. No solo en la ciudad capital, sino en todas aquellas ciudades del país que aglutinan a decenas de miles de panameños y que crecen a la buena de Dios y con prácticas de manejo del medio ambiente igual de silvestres. Empecemos con la falta de arborización: en las partes más antiguas de nuestras localidades urbanas aún se notan rastros de un pasado en el que las áreas verdes formaban parte de la vida cotidiana de sus habitantes. Buena parte de este patrimonio arbóreo ha sido depredada, para dar paso a estacionamientos que se apropian de la servidumbre y hacen desaparecer las aceras. Ni hablemos de los parques, que brillan por su ausencia: no los confundamos con el par de tintibajos que las promotoras suelen colocar en sus barriadas con el nombre de parque. Y, por último, aunque no agota todo, la desaparición de las corrientes de agua que terminan sepultadas bajo toneladas de tierra y caliche para convertirlas en lotes de terreno después de rellenar su cauce. Vivimos en un país tropical y los planes de urbanismo y el diseño arquitectónico de las casas y edificios deben ser cónsonos con esta realidad geográfica. Volvamos a nuestras fuentes. No puede ser que el panameño de principios del siglo pasado fuera más inteligente para gobernar y para gestionar la empresa privada que los de ahora.
PRÁCTICA MALSANA
El populismo que se instauró en América Latina desde finales de los años 1960 hasta finales de los 1980, principalmente bajo gobiernos dictatoriales, ha dejado huellas profundas que , aún hoy, persisten en la gestión de gobierno de aquellos que han heredado esa lógica populista, cada vez que llegan al poder apuntalados por los partidos políticos que formaron para prevalecer en el tiempo. Una de las prácticas perversas que subsisten es la de imponerle cargas impositivas y de otra índole a cierta parte de la población, según su estatus socioeconómico, como unidad de medida para distribuir dicha carga. Es, a todas luces, una medida discriminatoria que castiga mucho más a la clase media, por ser mayormente asalariada y no tener tanto margen de descontar gastos que le permita pagar los impuestos de una forma justa y equitativa. Es una injusticia que deba pagar una tarifa de agua o de luz o una tasa de basura mayor; o ser excluida de ciertos programas y beneficios estatales, solo porque se presume que tiene mayor ingreso o poder adquisitivo. Hay que revisar esas prácticas y hacer justicia al respecto. Cosas como el agua, la luz, o la tasa de aseo deben pagarse dependiendo de quien consume menos o más; o según quien ahorra o despilfarra. Por supuesto que debe haber un límite de consumo mínimo, para ayudar a los que menos tienen, pero al rebasarlo debe cargar con las consecuencias de sus propios actos. Ya basta del paternalismo, el maternalismo y el populismo que solo nos empujan al atraso o a un sistema de subvencionismo que anquilosa a la población; busquemos nuevos derroteros y construyamos, juntos, un país y una sociedad más justa para todos.
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