Por: Prof. Elka de Herrera.
En todas las épocas el hombre se ha obsesionado por el poder, las riquezas y los bienes materiales, y esa obsesión los ha endiosado con vanidad, orgullo, prepotencia, jactancia y satisfacción; muchos se han sentido importantes e indispensables para todos. Lo que no saben es que la obsesión es una especie de cárcel que envenena, enferma, es un vicio, un mal duro de remediar que puede conducir a las profundidades del abismo y al tormento permanente, porque tienen mucho y quieren más.
En el mundo de la politica cuando los hombres se obsesionan por los cargos y las grandezas de ese mundo de mentiras e incomprensiones, su corazón se alimenta de las adulaciones, la abundancia, el dinero, los aplausos, el poder, los abrazos y muchos besos como los de Judas Iscariote, que por medio de un beso vendió al maestro.
Siendo la vida tan pasajera y tan segura la muerte, quienes ostentan el poder deben volcar su corazón hacia los más necesitados, hacia la verdad, la justicia, los valores y hacia los que viven electrizados porque toda su vida han trabajado con ahínco, y hoy en su amada UNACHI sufren de hambre.
La obsesión de los políticos que ansían puestos de mando, debe estar dirigida a resolver el gran problema de la lipidia en los fondos de la UNACHI para poder pagar la planilla. Debe estar dirigida a resolver estos problemas tan delicados y penosos que viven las grandes mayorías de profesionales que laboran en la UNACHI.
En esta Universidad el entorno de trabajo es duro con niveles elevados de estrés, mentiras y desacuerdos.
Finalmente, los estamentos universitarios, incluyendo a los estudiantes están presentando cierto deterioro físico, mental y emotivo y se perjudica la salud de la comunidad universitaria. La intranquilidad está en el ambiente; no sabemos qué hacer, a dónde acudir, con quién hablar, qué acciones tomar ante ciertos hechos, y que también la familia universitaria termine mal. Pedimos al Cristo Resucitado que nos fortalezca en este tiempo de las vacas flacas.