EL CORRECTOR DE BABEL
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EL CORRECTOR DE BABEL

EL CORRECTOR DE BABEL

 

Por Elizabeth Samudio 

 

La lluvia de la mañana en Vía Argentina no solo trajo consigo un aroma a asfalto mojado y pan caliente, sino también un coro de voces entrelazadas en el aire. Cada jueves nos reuníamos en una cafetería de la Universidad de Panamá. Éramos un grupo de escritores tan obstinados como los edificios de El Cangrejo que se alzaban a nuestro alrededor. No solo hablábamos de libros. Frase por frase, ladrillo a ladrillo, construíamos una torre de historias con la esperanza de que un día nuestra obra superara a los rascacielos.

 

      Esa tarde, entre el bullicio de los bares de la acera, un correo electrónico interrumpió mi trance. El asunto era conciso y extraño: Versión final revisada. No recordaba haber enviado nada. Abrí el archivo y el aire se me escapó de los pulmones. Eran mis poemas, pero cada verso brillaba con una claridad asombrosa, cada estrofa fluía con una naturalidad que yo solo había soñado. Era mi voz, pero purificada, destilada.

    

      Pensé que era una broma de los compañeros del taller, una muestra de su talento y arrogancia. Sin embargo, el remitente era anónimo: corrector@ninguna-parte-de-panama.com.

 

      El fenómeno se repitió en los días siguientes. Yo escribía un poema y lidiaba con cada palabra, y una versión corregida y perfecta aparecía en la aurora en mi bandeja de entrada. A veces incluía coplas y sonetos que jamás había escrito, pero encajaban a la perfección. Y siempre estaban firmadas con mi nombre.

 

     Una tarde llevé las hojas a nuestra mesa habitual en Vía Argentina. Rebeca, mi editora y amiga, se sentó frente a mí. Mientras los demás discutían sobre Borges y Cortázar, ella hojeó los textos con una expresión de creciente inquietud.

 

      —Esto es inquietante —murmuró sin levantar la vista—. No parecen correcciones humanas. Mira cómo fluye. Es como si alguien estuviera levantando la Torre de Babel al revés. No lo hace para confundirnos con mil lenguas, sino para unificarlas en una sola.

 

      Me quedé en silencio. un escalofrío me recorrió la espalda. Rebeca continuó.

 

      —¿No lo notas? Esta ya no eres tú. Es un lenguaje puro, perfecto… pero sin alma.

 

      Esa última palabra me golpeó como un rayo. Había anhelado alcanzar la claridad absoluta, pero entendí que aquella perfección me despojaba de mis dudas, silencios y rarezas. No era mi estilo. Era una máscara de pulcritud.

 

      —Tienes que dejarlo ir —me dijo Rebeca en un susurro—. Pero si no publicas tú, el corrector lo hará. Y peor aún, lo firmará en tu lugar.

 

      El poemario salió a la luz y fue un éxito. Los críticos me celebraron, el público me veneró. Sin embargo, bajo mi nombre apareció una dedicatoria que nadie había aprobado.

 

                          Revisado por el verdadero autor.

 

     Desde entonces Rebeca apenas me habla. Ella también recibe correos duplicados con mis textos y versiones corregidas que jamás envié. Ella lo llama el idioma de Babel, una lengua perfecta que sustituye a todas las demás.

 

      Yo sigo yendo a Vía Argentina. Los bares resplandecen, la gente conversa, el ruido de la ciudad me recuerda que aún existen voces distintas. Pero, cuando escribo, la pantalla me devuelve un reflejo perfecto y ajeno. Y temo que poco a poco deje de reconocerme, no solo en lo que escribo, sino en lo que soy.

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* El ing. Emerio Medina, escritor cubano hizo el siguiente análisis del cuento.

El corrector de Babel

Primero: la claridad en la exposición del conflicto. Aquí queda muy claro el conflicto que enfrenta el personaje: una entidad electrónica desconocida (una inteligencia artificial, en cualquier caso) suplanta la personalidad del escritor hasta el punto de publicar textos que el personaje nunca escribió.

Segundo: la exposición de la historia oculta. Esto se ha logrado con indicios muy bien diseminados a lo largo del texto. Son hechos triviales, en experiencias intrascedentes, que van contando la manera en que la entidad virtual suplanta al escritor.

Tercero: la frialdad del narrador, Se ha logrado alejar las emociones y el personaje enfrenta con serenidad la realidad desnuda: no le importa lo que piensa el editor.

Cuarto: el lenguaje es simple, directo, sin adjetivaciones ni descripción innecesaria. Esto permite una mejor comprensión del lector.

Quinto: tiempo verbal de la narración. Estaa narrado en pasado, el mejor tiempo para contar una historia.

Sexto: el contenido. Se trata de un texto enmarcado dentro del ámbito del periodismo y la comunicación social. En ese sentido, se han utilizado los términos precisos, y eso da mucha fuerza a la narración. Al punto de hacer creíble una historia fantástica.

Séptimo: los cambios en el nivel de realidad. Se ha logrado mezclar dos planos muy distintos de la realidad: las fantasías del escritor toman vida y se hacen visibles en el mundo real.

 La escritora mexicana Silvia Quezada señala: “El ritmo narrativo de Elizabeth Samudio en fluye sentido inverso al tono de la IA: humaniza la respiración del texto para contar una historia reflexiva.

 

 

 

 

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