El silencio cómplice del mundo ante la guerra de Trump. 
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El silencio cómplice del mundo ante la guerra de Trump. 

Por Richard Moreno 

Hay guerras que se prolongan no solo por las decisiones de quienes las inician, sino por la tibieza de quienes podrían detenerlas. En el caso de Trump, resulta legitimo  preguntarse porqué la comunidad internacional no ejerce presión firme, claras y sostenida para frenar lo que muchos consideran una confrontación innecesaria. La repuesta, incomoda pero real, apunta a un entramado de intereses donde la ética queda relegada frente al poder.

El mundo no presiona porque no quiere hacerlo. Las grandes potencias, aliadas o no de los estados unidos, operan bajo una lógica de conveniencia. Criticar con contundencia a Trump implica arriesgar acuerdos comerciales, cooperación militar y estabilidad diplomáticas. En otras palabras, pesa más el miedo a perder privilegios que la voluntad de evitar muertes.

Organismos multilaterales, llamados a ser árbitros de la paz, terminan muchas veces reducidos a espectadores sin capacidad de acción real. El discurso de la defensa de los derechos humanos se convierte entonces en una herramienta selectiva, utilizada cuando conviene  y silenciada cuando incomoda.

A esto se suma un elemento aún más preocupante: la normalizacion de la guerra como instrumento político.

Mientras los costos humanos recaen sobre poblaciones vulnerables, las élites políticas  y económicas negocian, calculan y postergan decisiones. No se trata de incapacidad, sino de falta de voluntad. El resultado es un silencio que no es neutral, sino profundamente cómplice. Porque callar frente a una guerra evitable es, en la práctica, permitir que continúe.

El mundo si puede presionar. Lo que falta es el coraje para hecerlo sin cálculos mezquinos. Hasta que eso no ocurra, la pregunta no será porque no se detiene la guerra, sino quienes se benefician de que siga.