La historia de John Peter Williams

 La historia de John Peter Williams

LA HISTORIA DE JOHN PETER WILLIAMS

(Primera Parte)

Por Luís Fuentes Montenegro

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Los últimos minutos de la vida de aquel muchacho, corresponden a una persecución en la que huía y al certero disparo que le entró por la parte de atrás en uno de los costados de la cabeza, quedando inerte, desangrando sobre el suelo y casi de inmediato, llevado al hospital ubicado en el cerro Ancón que ya era parte de la incipiente Zona del Canal de Panamá.  John Peter Williams, entonces de unos veintitrés años, nunca había imaginado que podían llamarlo “el Robin Hood Panameño”, tal como en las décadas posteriores se insiste en apodarle.

En las dos primeras décadas del siglo XX y, que coincide con el proceso de configuración de la república de Panamá, a partir de 1903 con la gesta separatista, los anales policiales y diferentes textos de crónicas rojas, lo presentan como uno de los antisociales o delincuentes, pero años después a su muerte, su nombre y, el apodo que nunca imaginó le atribuirían, constituyen elementos de un imaginario que lo reconstruye en el contexto de un “heroísmo social”.  El cómo y, el a partir de cuándo se produjo tal transmutación, entre las similitudes, contradicciones de una imagen y, de otra, corresponde al empeño de las valoraciones que compartimos, quedando en cada lector, la responsabilidad de hacia dónde dirigen sus creencias, convicciones e incredulidades.

     UN JOVEN MALHECHOR A PRINCIPIO DE LA REPUBLICA:

Hijo de emigrantes que habían arribado al territorio istmeño durante la segunda mitad el siglo XIX y a consecuencia de los trabajos de la Panama Rail Company y del intento de los franceses para la construcción del canal interoceánico, unos indican que eran provenientes de Barbados.  En fin, personas provenientes del Caribe como muchos otros, en específico, pertenecían al grupo de negros antillanos, aquellos que se diferenciaban de los negros hispanos, sobre la base de que hablaban el inglés o francés y por lo general tenían credos religiosos que lo distaban del catolicismo.

En consecuencia, el muchacho llamado John Peter Williams, forma parte de ese conglomerado social-humano que arriba al istmo panameño, pero que, al margen de esta situación en particular, hacen aportes invaluables en los trabajos para la terminación del ferrocarril y de la vía canalera, así como en otras facetas de la sociedad panameña.

El criterio prevaleciente de que nació en la ciudad de Panamá parece ser irrefutable, sin embargo, he visto algunas aseveraciones que dejan entrever que su lugar de nacimiento pudo darse en la ciudad de Colón.  Más allá de esas afirmaciones y posibilidades, resalta que creció en los alrededores de los barrios de San Miguel y Calidonia.  Algunos referentes como el de realizar trabajos siendo niño o un adolescente, sea el de limpiabotas, el de periodiquero, dan pistas sobre su entorno social-familiar y personal, lo revelan de estratos sumergidos en la pobreza apabullante y que opta por los menesteres antisociales o la sociedad lo impulsa por tales derroteros, según el enfoque sociológico y criminológico que se guste.

De acuerdo con los registros policivos de la antigua Zona del Canal de Panamá, John Peter Williams, entre 1911 y 1914, es decir cuando contaba entre doce a catorce años, ya constituía un autor material de hechos delictivos, destacaba la figura del robo, igual los asaltos en los cuales no se descartaba la violencia e intimidación.  En otras palabras, su carrera delictiva tiene raíces desde una edad temprana.

Para los años de 1919 y 1920, a la edad de unos veinte años, representaba una figura destacada de la delincuencia en la ciudad de Panamá, sus actos se habían llevado a cabo en los linderos de jurisdicción nacional panameña y en la franja territorial bajo la jurisdicción de los Estados Unidos de América, generando inquietud y molestias entre los moradores de ambas circunscripciones, así como en las autoridades que regían en una y otra.

En la edición número 2, El AJÍ del 4 de diciembre de 1920 hace varias acotaciones -aunque jocosas- que ayudan a la construcción de un perfil -por supuesto inconcluso- sobre John Peter Williams; deja entrever la habilidad para cometer los robos, el miedo social que generaba, algo de un probable cinismo delincuencial, la ineficacia de la policía nacional ante sus actos, así como su aparente impunidad.

LA OTRA CIUDAD DE PANAMÁ QUE DEAMBULABA:

Dos pretensiones de definición geo-histórica y social, por decirlo de alguna manera, intentan darnos luces sobre qué era y cómo estaba compuesta la urbe panameña desde sus orígenes, sobre todo, referidos a esa parte de la capital que se configura tras el ataque de Henry Morgan en 1671.  La primera de dichas pretensiones, apuntan hacia la estructura de dos segmentos: la ciudad de adentro, los intramuros, el barrio de San Felipe de Neri, hoy conocido como el “Casco Viejo” y la ciudad de afuera, los extramuros, que también se identifica como el arrabal panameño.  El segundo esfuerzo interpretativo se desprende del anterior y hace hincapié en los conglomerados sociales-humanos que integraban básicamente cada sección geográfica de la ciudad; en esta dirección, se desarrolla el criterio de que en la ciudad de adentro se ubicaban las castas y grupos dominantes, mientras en la llamada ciudad de afuera, los sectores marginados.

Las explicaciones de la historiadora española María del Carmen Mena García en su invaluable estudio La ciudad de Panamá en el siglo XVIII. Trazado urbano y técnica constructiva sobre la composición social-humana en específico del arrabal de la ciudad de Panamá, ilustran en el sentido de que, desde los orígenes de esa área de extramuros, allí también se establecieron personas, familias, quienes, en lo social y económico, no podrían reputarse en una marginalidad rotunda, incluso, pese a que habitaban en las afueras, mantenían mayor identidad y vínculos con los grupos residentes en los intramuros.

Por otra parte, se desarrolló y subsistió una especie de capas medias durante la existencia de los muros que bifurcaban la ciudad y aún después de su desmoronamiento físico, todavía en el periodo que puede tildarse de “postcolonial”, en particular de 1821 a 1903 cuando el istmo formaba parte de Colombia, esas capas perduraron y acrecentaron roles culturales, educativos, económicos, políticos y que se posesionaban en las cercanías a los viejos muros y en torno a la Plaza de Santa Ana.  En ese contexto las personas y familias en condiciones menos ventajosas, los elementos pauperizados en números considerables tendían hacia una aglomeración más distante, configurando bolsones de asentamientos marginales.

Para finales del siglo XIX, la denominación “arrabal santanero”, involucra elementos, personas, grupos de esas capas medias, incluso comerciantes emigrados, vistos todavía como extranjeros que se establecen en Panamá y en donde forjan familias.  Pero igual, ya puede considerarse la existencia de “otro arrabal” en donde las condiciones sociales, económicas, culturales, eran mucho más deplorable.  Se trata de ese otro arrabal, referido tangencialmente en los textos de historia nacional, otro arrabal ya no sólo en las afueras de la antigua ciudad de los intramuros, sino, otro arrabal que emerge y se desenvuelve más allá de los contornos originarios de Santa Ana.  Es el arrabal que emerge por los rumbos del viejo Malambo y Malambito, ese otro arrabal que se configura después del antiguo puente de Calidonia y en los alrededores de la loma de San Miguel.

En los inicios del siglo XX y a partir de 1903 cuando se concreta la gesta separatista de noviembre, ese otro arrabal aparenta al margen o como escenarios desaparecidos ante los acontecimientos que propician la creación de la nueva república de Panamá, pero existían, tal como puede cotejarse con la reiterada mención del nombre del Puente de Calidonia a raíz de la famosa batalla dada durante la Guerra de los Mil Días o la mención del mismo nombre del popular barrio, cuando en el desarrollo de la gesta separatista, se contrata al mercenario gringo H.L. Jeffries para que dirigiera un batallón de 70 hombres armados con el propósito de emboscar a cualquier arribo de enemigos que se acercaran para intentar impedir la separación y en la cual se reclutó a algunos “anónimos” de estos rincones circunvecinos.  En este otro arrabal, en estas comunidades de más afuera de los antiguos muros de la ciudad, nace y crece John Peter Williams.

     BARRIO, CALLES Y COYUNTURAS:

Dos acontecimientos inciden en el devenir del arrabal más distante de la ciudad, así como incidieron de modo general en el país y en su devenir histórico.  El reinicio de los trabajos de construcción del Canal de Panamá por los Estados Unidos de América y la configuración de la Zona del Canal de Panamá.  Por supuesto, constituyen hechos interrelacionados, pero cada uno por su parte, implicó transformaciones geográficas-sociales, demográficas, económicas, jurídicas, de mentalidades, de relaciones intergrupales que, hasta entonces, quizás no se habían dado o no se proyectaban de la misma manera.

Los trabajos de construcción de la vía canalera propiciaron movimientos migratorios de mano de obra proveniente de diferentes partes del mundo, sobre todo de un número significativo de obreros del Caribe, en su mayoría negros (antillanos) que presentaban algunas características distintas al grupo de los negros (hispanos) que tradicionalmente coexistían en Panamá, a pesar de que años antes, ya había arribado al istmo una oleada de personas similares en tiempos de la construcción del ferrocarril y del intento de construcción del canal por los franceses.  En virtud de dicho fenómeno, se produce un crecimiento poblacional de negros que hablaban inglés, profesaban credos protestantes y también de extranjeros de otras regiones que no necesariamente pertenecían a dicho grupo.  Se produce entre otras situaciones, la cotidianidad de esta masa poblacional de trabajadores unos, desempleados otros, en los entornos de poblados como Calidonia, los alrededores de la loma de San Miguel, Guachapalí y el Marañón.

En este marco destaca que para finales del siglo XIX en 1885, 24,000 personas habitaban en la ciudad de Panamá, según datos aportados por Marck Gerstle en su libro La Tierra Dividida; para 1905 unas 22,000, ya en 1911 se registraban alrededor de unas 47,000 personas y en el año 1920 la cifra apunta hacia 59,000 habitantes, denotándose el crecimiento poblacional que genera complicadas situaciones de vivienda que harán explosión, tal como luego se constata con las causas y objetivos del Movimiento Inquilinario.

La configuración de la Zona del Canal de Panamá por su lado emerge como una estructura poblacional aparte, limítrofe a estos barrios, a su gente, a sus pobladores como es el caso de John Peter Williams y de quienes verán la construcción de las primeras casas, del desmonte, de los trazados de las calles rectilíneas, de la aparición de un mundo con un confort y comodidades ante sus propias narices y ante la confrontación de sus penurias sociales-económicas.

Pese a dicho contexto, no puede sostenerse que crecer en los barrios marginales mencionados, determinaba una proclividad irremediable a la delincuencia de sus moradores; en esos mismos parajes nació como creció desde dichos años, personas decentes, trabajadoras, que decidieron educarse y legar familias meritorias.

Sin embargo, la rutina de sus calles, callejones, zaguanes, esquinas, patios y solares no dejó de promover actividades y ocio que favorecían lo ilícito, la criminalidad, así como también en los entornos de Santa Ana y de los antiguos intramuros, tales circunstancias podían darse, de modo similar o más solapado.  Muy pocas oportunidades en los estudios históricos o sociológicos, se escudriña sobre los entornos de delincuencia y de actos u oficios que propiciaban vulnerabilidad para delinquir en la sociedad panameña a principio del siglo XX.

No obstante, es conocido de las faenas de contrabando, comercio ilícito que se desarrollaba con pujanza desde la Colonia en Panamá, así mismo, por ejemplo, la existencia de casas de prostitutas que ya para entonces existían, tal como el caso en donde una mujer española apellido Escobar, obtiene licencia para administrar tal negocio, también se ha referido que otra dama, Juana Nepomucena María Matías de la Soledad Pérez poseía un reciento de muchachas para dichos menesteres con lo cual forjó una fortuna enorme y a quien le permiten contraer matrimonio en la iglesia Catedral con el muchacho custodio de su prostíbulo con quien forja una descendencia que todavía en la actualidad tiene presencia.

Para inicios de la república existe una famosa casona de prostitutas ubicada en San Miguel y a la cercanía del templo católico, la cual contaba con las visitas de figuras importantes de la sociedad y el apoyo de las autoridades nacionales de la época, incluso se ha dicho que algunos próceres de la república visitaban otro sitio de prostitutas que fungió durante varias décadas.

En 1919, es decir, tres años antes a la muerte de John Peter Williams, el Secretario de Hacienda y Tesoro panameño, Santiago de la Guardia aborda el asunto de la prostitución, la cual por sus palabras y preocupaciones, pareció ser alarmante en la ciudad de Panamá, a tal pu

nto que habla de expulsar a las prostitutas extranjeras, habla de los males por las enfermedades de transmisión sexual que representan altos costos para sus atenciones en los hospitales y que representa erogaciones para el Estado, mientras se indigna porque los gringos establecidos en el país y en la Zona del Canal, promovían la prostitución y proponían al gobierno panameño, organizar “barrios de tolerancia o barrios rojos” destinados a dicho oficio.

El tema no deja de interrelacionarse a John Peter Williams, quien, a pesar de su joven edad, resulta contagiado de sífilis a consecuencia de una realidad que según el censo de 1920 registraba la existencia de unas 1,053 prostitutas, aunque la cifra de seguro pudo ser muy superior en cuanto a las declaradas como tales, considerando a aquellas mujeres que realizaban el oficio de modo ilícito o subrepticio, entre las cuales, no sólo se identificaban panameñas, sino además, mujeres provenientes del extranjero, sobre todo españolas, francesas, argentinas, chilenas, cubanas, de otras áreas del Caribe, en fin.

Paralelamente se desenvuelve el entorno de las cantinas, de los juegos de azar y apuestas -reglamentadas o ilícitas-, y de la producción, venta, consumo de marihuana que en las coincidencias con la configuración de la Zona del Canal de Panamá, con el aumento de la presencia de los gringos y de sus soldados, registra índices de crecimiento, pues a principios de la república ya constituían hechos notorios; así mismo, Salsipuedes, Santa Ana, Malambo, Malambito, los alrededores del parque de Lesseps, Marañón, Calidonia, San Miguel, fueron recintos en donde las autoridades avalaban establecimientos semejantes y que amparados en la “marginalidad” se propiciaron tanto legal e ilícitamente.  A finales de la década 1920 aumentan los cabarets, los clubes nocturnos, interrelacionados a las actividades de prostitución, venta, consumo de drogas en medio de las actividades de ocio y de vida nocturna en la ciudad de Panamá.

Para John Peter Williams dichos contextos no le fueron extraños, merodea entre los mismos, pese a su joven edad sumergida en una delincuencia.

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