Termómetro social y comunicación

 Termómetro social y comunicación

por Ernesto A. Holder

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Ya mucho se ha evaluado y dicho sobre el informe a la Nación del pasado 1 de julio del presidente Cortizo, por lo que no vale la pena referirme a los mensajes de su discurso. Y desde entonces, se han dado otros eventos que llaman a la reflexión sobre el tema que toco hoy. Me deja perplejo y pensativo la labor y la responsabilidad de los “expertos en comunicación” que lo deben guiar y asesorar.

Mucha gente que hacen la labor de comunicación parte de conceptos e ideas que ya no son del todo efectivas. A los niveles de asesorar a un presidente, es necesario una visión más cuidadosa y una perspectiva más holística del entorno comunicacional para poder brindar el mejor y más efectivo de las recomendaciones (no me gusta utilizar la palabra estratégica, es un cliché del cual abusan los que creen entender el tema de la comunicación).

Para el fin propuesto, es decir, el mensaje a la Nación al inicio del tercer año de gobierno, una lectura y un análisis del escenario social (Erving Goffman, en “Frame Analysis”, le definió como el marco social), a fin de preparar un discurso que le diera sentido a los últimos meses y, ante todo, a los próximos, era necesario. Creo que el nuevo presidente de la Asamblea Nacional hizo mejor lectura del entorno, a pesar de muchas dudas que podamos tener. (La lectura del ambiente político no era de mayor cuidado. Están los que pescan en río revuelto para el 2024 y los de siempre: los del “¿qué hay pa’ mí?”).

No hay que hacer mucho para saber que el discurso emitido choca, tristemente, con la realidad del estatus y de la conciencia colectiva, esa que David E. Durkheim, sociólogo francés del siglo XVIII y XIX, señaló como “la totalidad de las creencias y sentimientos comunes a los ciudadanos de una misma sociedad y los de un sistema social determinado…”. Más allá de los comprometidos y allegados al Gobierno, la temperatura social exigía mucho más de lo que el presidente Cortizo nos habló. Y en ese sentido, exigía mucho más de sus asesores políticos, de sus “expertos” en comunicación.

En “Teorías de comunicación: ¿Qué hacer con ellas?”, puntualicé que: “En las organizaciones modernas, la tendencia en estos tiempos que vivimos, es la de diseñar sus prácticas de comunicación fundamentados en un “goebelismo” moderno, hoy presente en la creación de marcas (“branding”), el diseño de su “imagen”, y promoción masificada de mensajes subliminales que son raíz de muchas de las dificultades en términos de falta de credibilidad que experimentamos hoy, debido a que se hace indefendible a largo plazo una condición particular promovida en campañas específicas, que no se sostiene con hechos concretos y reales. Esta práctica publicitaria manipulativa ha tamizado la actividad política. Ya no es importante el discurso político basado en ideas filosóficas o ideológicas para ganar, sumar y mantener adeptos, sino que, “el creativo o grupo de creativos” de las estrategias publicitarias que los equipos de comunicación tienen o que las organizaciones contratan, es el que define los mensajes, su propósito y el alcance de las mismas.”

En estos tiempos de redes sociales, la intensidad y la manera mordaz con que se ataca a cada minuto una gestión pone en desventaja muchas veces la capacidad de las entidades a la hora de aclarar o redefinir el tema. En temas de comunicación política estas desviaciones comunicacionales son más críticas para un Gobierno que promueve una diversidad de asuntos al día (política exterior, legislativas, de seguridad, etc.).

El trabajo de comunicación de un Gobierno debe estar compuestos por profesionales “fríos”, capaces de medir la temperatura del público y asesorar a su vocero conforme la realidad. Es una labor de comunicación política que debe rechazar el impulso por la propaganda fácil, el acomodo de la verdad, mirar hacia la otra esquina o practicar la postura del avestruz. Leer la realidad del escenario social y enfrentarlo con la verdad.

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