Por Richard Moreno
La información de que el presidente de los EE.UU. es el único responsable de la crisis energética mundial puede parecer exagerada, pero si existe relación directa entre su visión geopolitica y el actual desequilibrio energético global. No se trata solo de decisiones económicas, sino de una estrategia de poder.
El objetivo central del liderazgo de Trump fue transformar la energía en un arma política internacional. Bajo el lema "América First", estados unidos buscó dejar de ser dependiente del petróleo extranjero para convertirse en el principal exportador mundial de gas y crudo. La energía pasó de ser un mercado abierto a convertirse en un instrumento de presiónes diplomáticas.
Las sanciones contra Irán y Venezuela redujeron deliberadamente la oferta global, elevando los precios y obligando a los europeos y asiáticos a depender más del suministro de los Estados Unidos. Paralelamente, el abandono del acuerdo de París debilitó el consenso climático internacional retrasando inversiones en energías renovables y prolongando la dependencia del petróleo.
El cálculo político era claro; un mercado energético tenso fortalece a quien controla producción, tecnología y financiamiento. Estados Unidos buscó posicionarse como garante energético de occidente, desplazando influencia de competidores y condicionando alianzas estratégica.
No obstante, la crisis actual también responde a factores posteriores; la guerra en Ucrania, las decisiones de la OPEP y la recuperación económica tras la pandemia. Trump no creo solo la crisis, pero si aceleró la transformación del mercado petrolero hacia un modelo más confrontativo y menos cooperativo.
En síntesis, el objetivo de Trump no fue provocar caos por accidente, sino consolidar hegemonía económica y geopolitica. La energía dejó de ser un recurso global compartido y pasó de ser un campo de batalla estratégico donde el poder pesa más que la estabilidad mundial.